España saca su peor PISA de la historia y la OCDE entera cae con ella. Es un problema. Pero llevamos cinco mil años diciendo que la juventud está podrida, y a lo mejor la regla con la que medimos es la vieja.

Se acaba de publicar el informe PISA 2025 y los titulares son los que te imaginas: España saca sus peores resultados históricos en lectura, matemáticas y ciencias. Pero lo que más me ha llamado la atención no es lo de España. Es que la caída es general: la media de la OCDE en lectura ha bajado 28 puntos desde 2015 —cosa de año y medio de escuela— y la de matemáticas, 22. Uno de cada cinco alumnos de 15 años es ya lo que el informe llama «bajo rendimiento» en las tres materias a la vez. Y esto sobre 760.000 alumnos de 91 países. No es un problema de un ministro ni de una ley educativa: le pasa a todo el mundo al mismo tiempo.

Y a ver: a mí me parece un problema de verdad. Lo que mide PISA no son chorradas. Si un chaval de 15 años entiende un texto largo, si sabe razonar con números, si es capaz de leer un documento denso y sacar algo de él. Con mis esquemas, un adolescente que no puede con tres páginas seguidas tiene un problema serio. Y es verdad.

Pero no dejo de hacerme una pregunta: ¿y si lo estamos mirando con ojos de mayores?

Cinco mil años diciendo lo mismo

En octubre de 2007 —hace casi veinte años, en un blog que ya no escribo— publiqué una entrada que se titulaba «Tampoco cambian tanto las cosas». Eran dos citas. Una, supuestamente de una tablilla babilónica de hace cinco mil años: «La juventud de hoy está podrida hasta la médula, es mala, irreverente y perezosa». La otra, atribuida a Sócrates: «La juventud de ahora ama el lujo, tiene pésimos modales y desdeña la autoridad». (Casi seguro las dos son apócrifas, por cierto. Pero que llevemos siglos repitiéndolas sin comprobarlas dice bastante más de nosotros que de los jóvenes.)

Mis mayores decían exactamente eso de mi generación, y visto desde hoy no tenía ningún sentido. Yo, cuando me desespero con la juventud —y me desespero, no te voy a engañar—, intento acordarme de que estoy repitiendo una cantinela con tres mil años de antigüedad.

La pregunta no es la nota

Así que la pregunta no es si esta generación saca peor nota en PISA. Eso ya lo sabemos: la saca. La pregunta es qué significa. ¿Quiere decir que son peores personas? ¿Que van a construir una sociedad peor? ¿Que están peor adaptados al mundo que les toca vivir? Yo no tengo nada claro que la respuesta sea sí a ninguna de las tres.

Pongamos el ejemplo más tonto del mundo. Yo no sé hacer fuego con las manos. Cualquier humano de hace diez mil años era muchísimo más competente que yo en eso, y en aquel mundo yo no sobreviviría ni una semana. Nadie diría por ello que soy un aletargado. Simplemente ese mundo no es el mío, y mi cerebro dedicó la energía a otras cosas.

Quizá el mundo está yendo tan deprisa que estamos midiendo a los chavales con la regla de la antigüedad. Con la nuestra. Y quizá lo que hoy contamos como desventaja —no aguantan un texto largo, no calculan a mano— en el mundo que viene ni siquiera sea relevante, o se convierta en una ventaja que desde aquí no somos capaces de ver. El cerebro de un chaval de 15 años no se está estropeando: se está adaptando para sobrevivir en una sociedad distinta. Y con la IA, todavía más distinta de lo que pensamos.

Lo digo con todas las cautelas

No me atrevo a decir que sea bueno que los jóvenes sean como son. Estoy sinceramente preocupado por el impacto de la IA en la sociedad, y no me lo tomo a broma. Pero también me parece que deberíamos ser más humildes y aceptar una cosa incómoda: el mundo al que vamos no lo conocemos, y las herramientas con las que lo medimos —PISA incluida— están diseñadas para el mundo del que venimos.

Igual justo donde todo parece más desesperante es donde está la oportunidad. No lo sé. Pero cada vez que me pillo hablando mal de los jóvenes me acuerdo de aquella tablilla babilónica, y se me quitan un poco las ganas.