El otro día oí a Yuval Harari contar algo que me dejó pensando: le llegan vídeos de sí mismo trucados, y en uno de ellos necesitó minuto y medio de visionado para darse cuenta de que era falso. Minuto y medio. El tipo que lleva años avisando de esto, mirando su propia cara, sin poder decidir si aquello había ocurrido o no.
La reacción instintiva es la que ya conocemos: prohibamos, etiquetemos, exijamos saber qué ha sido generado por IA. Y parcialmente tiene sentido — yo también quiero saber si lo que veo es verdad. Pero fíjate en la trampa que hay dentro de esa exigencia: asume que «generado por IA» y «falso» son la misma cosa. Y no lo son.
A mí no me molesta nada una imagen generada por IA que refleja la realidad tal como fue. Lo que no quiero es una imagen —generada por IA o hecha con la mejor cámara del mundo— que no la refleje. La pregunta correcta no es «¿quién generó esto?», sino «¿cuánto de verdad hay aquí?». La fuente del creador no te da información sobre la veracidad del contenido: hay fotos reales usadas para mentir desde hace más de un siglo, y habrá imágenes sintéticas que documenten la realidad mejor que ninguna cámara.
Lo que sí es nuevo es la escala. Antes, trucar una imagen con credibilidad absoluta costaba un estudio de Hollywood; ahora cuesta una frase. Y eso rompe —otra vez— una heurística que nos había funcionado toda la vida.
Porque esto ya nos ha pasado. Si algo estaba impreso en un periódico, parecia verdad: así funcionamos durante décadas, y funcionaba porque imprimir era caro y había alguien respondiendo por ello. Luego llegó internet y al principio nos creímos todo lo que leíamos en una pantalla — hasta que aprendimos, a base de disgustos, a preguntarnos quién lo decía y por qué. Cada vez que baja el coste de producir contenido, la credibilidad que le regalábamos por defecto se queda huérfana, y tardamos años en recalibrar.
Ahora toca recalibrar otra vez, y la brocha gorda de «si es IA, es mentira» es exactamente eso: una brocha gorda. Un mecanismo de defensa comprensible —si no puedo verificar nada, desconfío de todo lo que huela a máquina— pero que falla en las dos direcciones: te hace tragarte mentiras hechas a mano y te hace descartar verdades hechas a máquina.
¿Y entonces cómo se resuelve? No lo sé. Me gustaría que existiera una forma fiable de saber cuándo algo es verdad factual, y hoy no la tenemos; los sistemas de marcado y procedencia ayudarán, pero llegarán tarde y con agujeros, como llegaron al spam y al phishing. Lo único que me atrevo a afirmar es que la responsabilidad se está moviendo de sitio: del que publica al que lee. Igual que aprendimos a no creernos todo lo del periódico digital, aprenderemos a convivir con imágenes que mienten con una perfección absoluta.
Me encantaría equivocarme y que esto lo resuelva la tecnología antes que la costumbre. Si tienes una intuición mejor, te leo.