Cada vez que hablo del contenido generado con IA aparece el mismo reproche: «es que no es original». Y detrás del reproche, la ecuación de siempre: si no es original, no vale nada.
Llevo años teniendo esta discusión con mis amigos amantes del arte, mucho antes de que existiera ChatGPT. ¿Por qué vale millones el cuadro original de Picasso frente a una réplica perfecta, átomo a átomo? Si nadie —ni el mejor experto del mundo— puede distinguirlos, ¿dónde está exactamente el valor? La respuesta honesta es que no está en el lienzo. Está en la historia que nos contamos sobre el lienzo.
Y a ver: entiendo el apego. A todos nos emociona más el manuscrito que la fotocopia. Es verdad. Pero quedarse ahí es confundir dos cosas que no tienen nada que ver: el valor del contenido y el mérito de su creación.
El valor del contenido no depende de su originalidad. Depende de si te sirve: de si te enseña algo, de si llega en el momento justo, de si está contado desde un enfoque que te hace pensar. Una idea contada por enésima vez, pero contada de forma que por fin la entiendes, vale más para ti que cien ideas originales que no te dicen nada. Consumimos contenido no-original todos los días —resúmenes, explicaciones, adaptaciones— y nos aporta muchísimo. La originalidad, en sí misma, no aporta nada al que lee.
El mérito de la creación es otra película. Y ahí sí hay una línea que no se cruza: no puedes coger el contenido creado por otro, atribuirte el mérito y lucrarte con ello. Eso no es un problema de originalidad — es un problema de atribución. El plagio no está mal porque el resultado «no sea original»; está mal porque hay alguien apropiándose de un trabajo que no hizo.
Fíjate que la distinción resuelve casi todos los debates sobre la IA y la creación. ¿Una imagen generada con IA que te explica un concepto mejor que cualquier diagrama hecho a mano? Valiosa, y me da igual quién la generó. ¿Un texto generado con IA que reproduce el estilo y las ideas de un autor concreto para venderse como propio? Inaceptable — pero no por la IA, sino por la apropiación. La herramienta no cambia la ética; solo baja el coste de saltársela.
Así que cuando alguien descarta un contenido «porque no es original», mi pregunta es otra: ¿te ha aportado algo o no? Esa es la única vara de medir que le importa al lector. La otra —quién merece el crédito y quién cobra— es importantísima, pero es una discusión sobre justicia, no sobre calidad.
Lo digo con todas las cautelas, porque sé que este terreno tiene mucha filosofía de salón. Pero cuanto más lo pienso, más me parece que llevamos siglos venerando la originalidad cuando lo que de verdad nos cambia la vida es la utilidad. Si tienes un contraejemplo, me encantaría leerlo.