Antes, un documento bien escrito olía a horas de trabajo y merecía tu tiempo. La IA ha roto ese olfato — y este post, por cierto, también huele a IA.

Llevamos unos meses con un deporte nuevo: oler la IA. Lees dos párrafos, detectas el aroma —esa prosa pulida, esos guiones largos, ese «en un mundo donde»— y cierras la pestaña. «Si huele a IA, no me lo leo.» Lo dice gente inteligente, gente que lee mucho, gente cuyo criterio respeto.

Y a ver: parcialmente tienen razón. Una parte enorme del contenido que hoy se produce con IA es basura. Publicable en dos minutos, olvidable en uno.

Pero la pregunta no es esa. La pregunta es: ¿por qué el olor nos hace cerrar la pestaña antes de saber si el contenido vale algo?

La heurística que nos funcionó toda la vida

Yo creo que la respuesta está en una heurística que llevábamos décadas usando sin darnos cuenta. Antes, escribir bien era difícil. Componer un documento claro, ordenado, bien maquetado, no estaba al alcance de cualquiera y, sobre todo, costaba horas. Así que cuando te llegaba un texto cuidado, hacías un cálculo instantáneo: si esto le ha costado tanto trabajo, merece una parte del mío.

La forma era nuestro proxy del fondo. No leíamos el documento para saber si estaba trabajado: nos bastaba mirarlo. Y funcionaba, porque nadie dedicaba veinte horas a maquetar un contenido vacío (bueno, muchas veces si, pero muchas menos que ahora ;-) ).

La IA ha roto el proxy

Hoy la forma cuesta cero. La IA produce mails, informes, gráficos y presentaciones impecables donde el esfuerzo de preparación ha sido mínimo (“sólo” nos ha costado tokens). Y nuestro viejo cálculo, que sigue instalado en nuestros prejuicios, hace exactamente lo que sabe hacer: detecta la forma barata y asume que el fondo es igual de barato. «Huele a IA» significa, en realidad, «huele a que no le has dedicado tiempo, así que yo tampoco te lo dedico».

El problema es que el proxy está roto en las dos direcciones. Es verdad que ahora existen documentos preciosos con contenido de baja calidad — forma de portada, fondo de nada. Pero también existe lo contrario: contenido cuya forma ha hecho la IA en minutos y cuyo fondo recoge semanas de reflexión y años de experiencia. El olfato no distingue entre los dos. No puede: los dos huelen igual.

Hay quien resuelve el conflicto con una simplificación defensiva: contenido de IA = contenido falso o vacío, y por lo tanto fuera. Pero que un contenido esté generado con IA no lo hace falso, y que esté escrito a mano no lo hace verdadero. La fuente del creador ya no nos da información sobre la calidad del contenido. Esa es la parte incómoda: nos hemos quedado sin atajo. Toca volver a juzgar el fondo — si hay una idea, si te enseña algo, si alguien pensó antes de publicar — que es más caro que oler. Por eso nos resistimos.

Este post huele a IA

Y ahora la confesión: este artículo ha sido preparado con inteligencia artificial. La forma —la estructura, la redacción final, el orden— me ha llevado muy poco trabajo. Mi capacidad de producir contenido se ha multiplicado precisamente porque ha caído la barrera que más me frenaba: las horas de dejar un texto bien escrito.

La idea, en cambio, no se me ocurrió en dos minutos. Llevo semanas dándole vueltas, viene de casi cuatro décadas trabajando con tecnología y de muchas horas discutiendo esto con mi equipo. Y la propia IA que lo escribe tampoco salió gratis: llevo meses trabajando los contextos, las skills y los recursos para que escriba como yo quiero, con mis conceptos y mi estilo.

Así que sí: este post huele a IA. El valor, si lo tiene, no está en la forma ni en quién tecleó — está en la reflexión que te propone. Que es exactamente el criterio que defiendo.

Ya me dirás si el olfato te dejó llegar hasta aquí.