Acabamos de entregar una propuesta compleja para un cliente grande. De las de verdad: entender el problema, arquitectura, equipo, fases, precio, presentación.
Hace dos años, una propuesta así nos habría costado entre 80 y 100 horas de trabajo del equipo. Esta nos ha costado entre 8 y 10.
Y lo interesante no es que “la IA la haya escrito”. Eso es lo de menos. Nos ayudó a recopilar la información, nos hizo de sparring en las iteraciones —que en una propuesta así son muchas y son donde de verdad se cuece el asunto—, se ocupó del PPT, y nos sugirió ideas y aproximaciones que han acabado siendo parte importante de lo que entregamos. No fue un becario rápido. Fue uno más en la sala.
Un factor de diez.
Encantados de habernos conocido
Hace unos días escribí que trabajar así se parece a tener un arma en las manos: esa sensación de “puedo hacer lo que quiera”. Cuando entregas en un día lo que antes te llevaba tres semanas, la sensación se multiplica.
Y es verdad. Es verdad que somos más productivos, que llegamos a más sitios, que ahora nos podemos permitir presentar ofertas a las que antes habríamos renunciado por falta de manos. Nada de eso es humo, y quien diga lo contrario no ha trabajado así.
Pero llevo tiempo con una sensación incómoda que no se me va.
Creo que estamos talando con la motosierra apagada
Nos han dado una motosierra para talar un monte. Y aquí estamos, encantados, talando el triple de árboles que el año pasado, mirando los tocones y diciendo: fíjate lo que hace este cacharro.
El problema es que la estamos usando como si fuera un hacha muy buena. Golpe, golpe, golpe. Más rápido, desde luego. Pero golpe.
Nadie ha apretado el gatillo. La cadena no ha girado ni una vez.
Porque si lo mira uno de cerca: hicimos exactamente la misma propuesta que habríamos hecho antes. Mismo formato, mismas secciones, mismo PPT, mismo circuito de revisión, mismo proceso comercial. Lo único que cambió fue la velocidad. Metimos una capacidad radicalmente nueva dentro de un proceso diseñado para gente cansada escribiendo a mano un fin de semana.
Diez veces más rápido haciendo lo mismo. Eso no es una revolución. Eso es una motosierra apagada dando hachazos muy convincentes.
Igual el cambio es solo eso
Y a ver, me pongo en el otro lado, porque el argumento es bueno: igual el cambio es solo velocidad y coste. Y eso no es poco. La historia está llena de cambios cuantitativos que acabaron siendo cambios en la esencia de las cosas.
Piensa en las fotos. Cuando una foto costaba treinta céntimos entre carrete y revelado, una foto era un recuerdo: la hacías en la boda, en el viaje, con la familia colocada y mirando a cámara. Cuando el coste de hacer una foto pasó a ser cero, la fotografía dejó de ser un recuerdo y se convirtió en una forma de hablar. Nadie decidió eso en ninguna reunión. Lo decidió el precio.
Así que puede ser. Puede que baste con que producir cueste una décima parte, y que la nueva forma de trabajar aparezca sola dentro de unos años sin que nadie la diseñe.
Pero no me lo acabo de creer. Con las fotos, lo que cambió fue lo que hacíamos con ellas. Aquí tengo la sensación de que lo que está en juego es otra cosa: qué clase de problemas nos atrevemos a coger. Y eso no llega solo porque algo se abarate. Hay algo más, y es exactamente lo que no consigo ver.
La pregunta no es cuántos árboles
La pregunta no es cuánto hemos tardado en hacer la propuesta. La pregunta es por qué seguimos haciendo una propuesta.
Si el coste de producir un documento así se desploma un 90 %, ¿por qué presentamos uno y no cinco escenarios? ¿Por qué es un documento y no un trozo del sistema funcionando delante del cliente? ¿Por qué la escribimos nosotros por nuestro lado y no la construimos con él en la misma sala?
Son tres preguntas razonables. Y ninguna de las tres es la que busco, porque las tres siguen partiendo de la propuesta. Siguen siendo el hacha. Cambiar la forma del hachazo no es arrancar la motosierra.
Lo que sospecho es que existe una manera de trabajar que no se parece en nada a la nuestra y que la IA hace posible. Seguro que el cuello de botella no estará en producir, sino en decidir. Y que no vamos a llegar a ella optimizando lo que ya hacemos, igual que las primeras fábricas eléctricas no llegaron a nada mientras se limitaron a sustituir la máquina de vapor por un motor grande en el mismo sitio, moviendo los mismos ejes. Tardaron décadas en entender que había que rediseñar la fábrica entera.
Nosotros llevamos tres años con el rediseño, y…
Aquí es donde me quedo
¿Cómo se arranca? No lo sé.
No tengo el proceso nuevo. No tengo el framework. No tengo las cinco claves —y si alguien las vende, desconfía, porque nadie ha rediseñado todavía la fábrica—. Tengo una intuición y un factor de diez que, cuanto más lo celebro, más me escuece.
Hoy me he enterado de que Kai-Fu Lee saca libro en septiembre: AI Native: The Mandate to Transform Your Company. Promete desmontar las cuatro mentiras que se les están contando a los CEOs sobre la IA, y de momento solo se conocen dos: que esto es otro ciclo tecnológico más y que va a servir para reducir plantilla. Las dos me suenan a lo mismo que cuento aquí — usar la motosierra para hacer los hachazos de siempre, solo con menos gente o con más prisa. Tengo esperanza de que ahí haya alguna pista. Lo leeré.
Mientras tanto sigo buscando. Y si a alguien se le ha ocurrido cómo arrancarla —o cree que la ha arrancado, aunque sea en una esquina pequeña de su trabajo—, me interesa mucho más eso que cualquier benchmark. Cuéntamelo.