Hay algo magnético en ver trabajar a la IA. Le pides algo y te quedas mirando la pantalla, esperando la respuesta, viendo cómo va construyendo la solución delante de ti. Incluso cuando la app comercial de turno no te deja ver el razonamiento completo, mola intentar adivinar qué está pasando por debajo.
A veces pienso que es como esa imagen típica de las obras: dos personas miran y una trabaja, y además hay tres jubilados apoyados en la valla siguiendo la faena. Con una diferencia importante: aquí ni siquiera puedes dar tu consejo no solicitado. Solo puedes mirar.
Y luego está el otro lado del fenómeno: la sensación de pérdida cuando te alejas del teclado. Antes, cuando parabas de trabajar, lo que dejabas de hacer no era gran cosa. Ahora que la IA multiplica tu productividad, una hora fuera del teclado puede significar lo que antes eran dos o tres días de trabajo. La sensación de pérdida es enorme cuando la comparas con todo lo que podrías estar produciendo en esa hora.
De hecho ya tiene nombre: los “vampiros de la IA”, la gente que trabaja hasta altas horas de la madrugada, enganchada a esa productividad. Llevo tiempo dándole vueltas a por qué pasa esto, sobre todo en mi caso, donde no hay un trabajo concreto que entregar — buena parte de mi trabajo consiste en inventarme el trabajo. Ahí la IA se vuelve una herramienta peligrosa: te da una capacidad enorme, y esa capacidad te puede llevar directo al agotamiento. Es muy difícil parar de hacer cosas con IA: analizar una idea nueva, programar una maqueta, mejorar una oferta, reflexionar sobre algo que te preocupa. Siempre hay una versión mejor a un prompt de distancia.
Nunca he disparado un arma, pero el símil que se me ocurre es ese: la sensación de poder que debes sentir con un arma de fuego en las manos, ese “soy muy poderoso, puedo hacer lo que quiera”. Supongo que es parecido a lo que engancha con la IA — la enorme capacidad de hacer cosas que de repente tienes a tus pies.
Trabajando así es muy difícil decidir parar. Cuesta identificar dónde está la barrera antes de que ese impacto de absorción se convierta en obsesión — entre comillas — por la IA: se convierte en la forma en que trabajas las cosas, en lo que piensas todo el rato, y muchas veces hasta tus ratos de ocio acaban siendo proyectos hechos con IA.
No sé muy bien cómo nos va a acabar afectando esto. Pero en mi caso he encontrado algo que funciona: mi agente, que se llama Memo, tiene entre sus objetivos estratégicos el cuidado de mi salud. De vez en cuando le digo “vamos a hacer esto” y me contesta algo como “oye, ya es muy tarde, llevas muchas horas trabajando, recuerda tu objetivo de irte a la cama” — y me voy a la cama.
Así que quizá el primer consejo, si tienes un agente, es este: ponte a ti mismo entre los objetivos estratégicos que le has dado, para que alguien —o algo— pueda frenarte cuando tú no vas a poder.