Todo el mundo dice que la IA se va a llevar por delante a los juniors. Llevo unos días contratando para entaina y, cuanto más lo pienso, más creo que es justo al revés.

Llevamos meses con la misma cantinela: la inteligencia artificial se va a llevar por delante a los juniors. Lo dicen los medios, lo dicen los analistas, lo dicen los CEOs en LinkedIn.

La idea, que se ha colado sin demasiado debate en el imaginario colectivo, es algo así: la IA es perfectamente capaz de hacer las tareas que antes hacía un perfil joven sin experiencia, así que el junior está condenado. ¿Lo que sigue haciendo falta? El criterio, la experiencia, el olfato del senior.

Eso —dicen— no lo tiene la máquina. Yo, cada vez que oigo esa frase, asiento. Y luego, cuando me toca decidir a quién contrato, se me ha ocrrido que puede ser justo lo contrario.

Una contratación que se torció (para bien)

En entaina llevamos unas semanas en un proceso de selección para reforzar marketing y desarrollo de negocio. Al principio teníamos clarísimo que necesitábamos a alguien con experiencia, alguien con kilómetros, con contactos, con mil campañas a la espalda. Un senior. Y de repente, casi por accidente, nos llega un perfil totalmente distinto: cero experiencia, muchísimas ganas de aprender, dispuesto a dejarse la piel, sin ideas preconcebidas sobre cómo se hacen las cosas y, sobre todo, sin ningún miedo a abrir un chat con un modelo y dejarse llevar. Mientras le daba vueltas a la decisión me asaltó una idea bastante incómoda: igual al que no necesito es al senior.

Sí, la IA alucina. También acierta muchísimo

Ya sé lo que toca decir aquí. Que la IA tiene “alucinaciones”. Que se inventa cosas. Que le falta criterio. Es lo que repetimos todos en los foros y en las conferencias para tranquilizarnos. Y es verdad. Pero también es verdad —y esto lo digo después de haberme pasado colgado desde la IA desde que descubrí GPT3 — que cada vez se equivoca menos, que cada vez acierta más, y que la calidad de las respuestas a estas alturas me sigue sorprendiendo casi a diario. En mi día a día utilizo la IA para discutir decisiones, plantear alternativas creativas, hacer challenge a ideas que doy por buenas, estructurar un plan de producto o repasar un argumento que se me había escapado. La uso, en gran medida, como usaría a un senior con experiencia. Y sabe del tema que sea —de marketing, de fiscalidad, de derecho, de producto— mucho más de lo que sabe la mayoría de la gente que realísticamente puedes llegar a fichar en una empresa pequeña. Por sorprendente que suene cuando lo escribes, es así.

La pregunta correcta

¿Le dejaría a una IA dirigir mi empresa? Hoy no. Dirigir necesita responsabilidad, contexto humano, relaciones con personas, y una mochila de cosas que no se sustituyen con una API. Pero la pregunta no es esa. La pregunta es si en una empresa pequeña como la nuestra necesito de verdad un senior de marketing —con su salario de senior, sus inercias de senior y sus ideas preconcebidas de senior— o si me sale mejor una pareja distinta: un junior con hambre y la IA como copiloto, ambos bajo mi supervisión y mi criterio como fundador. Porque la IA, lo quiera o no, sí va a seguir mis principios y las guías que yo le marque. Va a hacerme challenge cuando se lo pida. Va a buscar alternativas cuando me atasque. Va a estructurar lo que le diga que estructure. Es decir, va a hacer buena parte de aquello por lo que llevamos años pagando un sueldo de senior.

El que tiene más que desaprender pierde

Hay otro elemento que casi nadie pone encima de la mesa. Aprender a trabajar con IA no es trivial. Implica romper muchos hábitos, soltar muchas certezas y aceptar que la forma “estable” en la que llevas haciendo tu trabajo veinte años quizá ya no sea la mejor. Eso, para alguien que está empezando, es facilísimo: no tiene nada que desaprender. Para alguien que lleva décadas en su disciplina, es durísimo. Y, además, está la sombra del miedo. El senior intuye —no es tonto— que la IA viene a competir con su categoría profesional, y eso, de manera muy humana, le empuja a usarla menos, a desconfiar más, a buscarle los fallos en lugar de los aciertos. El junior no tiene esa carga. La IA no le da miedo, le da palanca.

Lo esencialmente humano lo trae el junior

Si te paras a pensarlo, lo único que de verdad no tiene la IA —presencia, mirada nueva, energía en una sala, capacidad de aprender contigo, vibrar con un equipo, hacer preguntas inocentes que descolocan, equivocarse y crecer— lo tiene un junior exactamente igual que un senior. La diferencia entre uno y otro era el criterio acumulado. Y resulta que el criterio es justamente la pieza que la IA está empezando a aportar de manera sorprendentemente sólida. Así que igual hemos estado leyendo este asunto del revés. Lo que la IA puede aportar a una empresa pequeña no es la sustitución del junior. Es la sustitución de buena parte de lo que antes solo te daba un senior. Y lo que aporta el junior sigue siendo profundamente humano y lo necesitas más que nunca.

La conclusión, incómoda,

es que el riesgo no está donde la mayoría dice que está. No es el junior el que se está quedando sin sitio. Es, posiblemente, el senior. Lo digo con todas las cautelas. No he cerrado aún la contratación, esto es una reflexión en caliente y seguramente esté equivocado en algún matiz. Pero llevo días dándole vueltas y, cuanto más lo pienso, menos descabellado me parece.